LaGárgolaYMontParnasseBueno, otro turista más arriba y abajo de los 386 escalones. En realidad, yo conté 385, pero preferí quedarme con la cifra de 386 que contó mi amiga porque me sonaba más a microprocesador, ya saben ustedes, los más viejos: el que vino después del 286 y antes del 486. Parece una tontería, pero, para los más jóvenes, diré que nunca hubo un 586, sino que llegó el Pentium, que era otra forma, más principesca, del cinco.

Sube uno y lo primero que se encuentra es la tienda, que no está ni bien ni mal, sino que es una tienda, y hay que apostar. Las tiendas suelen estar al final, cuando ya te ha dado el subidón y, en pleno éxtasis, te lo quieres llevar todo. Esta tienda está al principio, nada más subir unas pocas escaleritas, y no sabes muy bien qué hacer. Yo, como lo tenía muy claro, pues me compré una flor de lis, que supongo que no os sorprende. Hay pines en purpurina plata y oro para los devotos del lirio, como servidora.

Luego… sorprende. Aparte de que sorprende la altura, sorprende que las gárgolas sean del XIX, de Violet-le-Duc, y que esto y lo otro… también. Sorprende el cambio de gusto o la ceguera ante la belleza. Notre-Dame no se conserva bien, sino que alguien la reinventó, como la Sainte-Chapelle, ese alguien con nombre un poco mariquita, Violet, y ese otro al que no termino de pillarle el punto: Fulcanelli.

Entre la detención templaria de 1307 y el “Notre-Dame de Paris” de Víctor Hugo, pasó más de medio milenio de observación crecientemente horrorizada del gótico, que les parecía a los elegantes tan abominable como inútiles eran las momias egipcias, que se quemaron a miles como combustibles para los trenes, aquellos humeantes trenes que dejaban una maquinal y dinámica estela de cuerpos y almas humanos.

Os dejo con esta foto de unas violettes (atención: juego de palabras) sobre fondo de torre de Montparnasse. Sed buenos.